A la cumbre de mi sueño. Desde la cumbre, el cielo se acerca. Más cerca del cielo
#amiAltura
Pasión |Enfoque | Coraje
Soy María Camila Ramírez Valderrama tengo 26 años, soy colombiana, arquitecta, deportista, innovadora social y viajera apasionada con la vida. Y quiero subir a la cumbre del Everest.
Desde niña, siempre estaba viendo qué árbol era el más alto para escalar, el que más ramas tuviera, el que más hojas me cubrieran una vez había llegado al centro de su follaje. En todo momento, quería descubrir un nuevo camino en compañía de mi hermano, mis primos y mis amigos en medio del gran bosque en el que solía vivir en Bogotá; con el fin de hallar un nuevo espacio donde jugar.
Por fortuna y gracias al apoyo de mis padres y del entorno en el que fui criada, desarrollé una gran variedad y diversidad de habilidades que fueron formando a la mujer que soy, y me dio pie para seguir escalando árboles más altos. Cada reto era mayor; cada satisfacción, más alta.
Mi pasión y mi felicidad constantes son las actividades físicas y el deporte. Me gustaría compartir algunos de los hitos que me han traído adonde estoy en este momento: vivir los últimos 60 días en la Nación de los Himalayas.
Caminé por primera vez a los 11 meses de nacida, utilicé mi primer pasamanos al cumplir el año. Monté por primera vez en una bicicleta a los 4 años. Más tarde, a los seis, gané mi primera medalla de oro en natación, y un año más tarde empecé a jugar futbol.
Además, resultó muy gratificante que una amiga y yo gestionáramos en el colegio la consolidación de un equipo femenino de fútbol. Antes, jugábamos con los niños, otra experiencia que también me enriqueció, y me dio la posibilidad de ratificar que los seres humanos, niñas o niños, necesitamos unos de otros.
A los once años, obtuve mi primera beca deportiva otorgada por el colegio donde estudiaba, al ser campeona con mi equipo de voleibol. Tres años después, logré mi segunda beca deportiva, pero en este caso con el equipo de futbol, un triunfo más. A mis 15, me entrené con el equipo Sub 17 de la Selección Femenina de Fútbol de Colombia, y esa ha sido una de las grandes satisfacciones hasta el momento; sin embargo, mis obligaciones educativas me exigían mucho tiempo, y el deporte debió darme otra espera.
Después de esto, a mis 16, fui seleccionada para ser, por primera vez, entrenadora de fútbol de niños pequeños en el colegio donde yo estudiaba. Dedicábamos sesiones extracurriculares a esta maravillosa práctica. Mientras tanto, ese mismo año, obtuve dos trofeos por mi desempeño en fútbol, en un torneo fui seleccionada como la mejor jugadora; en otro más, fui seleccionada como la goleadora.
Una gran prueba
Aunque he tenido muchas victorias, también la vida me ha puesto varias pruebas, siendo grandes lecciones que han pulido mi carácter. A mis 17 años, faltando solo un año para terminar mi educación secundaria, tuve una ruptura del ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha. Esta situación, quizás, estaba dictando una sentencia a mi carrera como deportista y me esta robando la oportunidad de jugar el último torneo como miembro del Colegio San Jorge de Inglaterra, en Bogotá, la ciudad donde nací.
Sin lugar a dudas, la pasión, el enfoque y el coraje que yo había forjado durante todos mis años de vida mantendrían mi optimismo y cambiarían de manera favorable esa circunstancia. Entonces, decidí aceptar una cirugía para reconstruir el ligamento que se había roto totalmente, con la promesa, eso sí, de que podría volver a las canchas en menos de un año. No obstante, esperar ese tiempo implicaba perder mi participación en el torneo.
Como era de esperarse, gracias a que siempre he trabajado teniendo claras mis metas, decidí que en seis meses tenía que estar ya lista para reanudar mis competencia deportiva sin perder el enfoque. A pesar que me había operado uno de los mejores cirujanos en rodillas y que estaba asistiendo a uno de los lugares más reconocidos en rehabilitación deportiva (donde futbolistas profesionales asisten), mis compañeros de recuperación (nuevamente futbolistas profesionales) me desanimaban afirmando que mi recuperación iba a tardar por lo menos ocho meses. Mi caso, presentado de esa manera, me alejaba de esa oportunidad, de ese sueño que construía todos los días desde el momento de la lesión. Debía recuperar la flexibilidad y la fortaleza del músculo, o iba a perderme la oportunidad de estar allí, jugando, compitiendo, asumiendo retos y probando mi valor.
Para acortar esta historia larga, volví a las canchas en febrero del 2010. Y mi más preciado recuerdo fue el partido de la final. Estábamos perdiendo 2-0. Yo estaba en la banca, puesto que mi entrenador estaba cuidando de mí. De un momento a otro, debí entrar a participar del juego. Mis deseos acumulados por tantos meses de relativa quietud me impulsaron a sacar, con toda la determinación de mis fuerzas, una nueva velocidad y una destreza recuperada: anoté dos goles. En ese momento, obteníamos el empate. El partido finalizó con ese resultado; sin embargo, contábamos con una segunda oportunidad: ganar con los cobros desde el punto de los penales. Pero, fallamos en los penaltis y perdimos el juego y el campeonato.
Para mí, fue una de las experiencias más bonitas de mi vida. Después de esa final, me di cuenta que había anotado dos goles para abrirle la oportunidad a mi equipo, pero aun más a mi vida. Esto me permitió comparar también que la vida es un juego constante, y en ella jugamos muchos partidos: perderemos unos, ganaremos otros. Es imposible conocer los triunfos sin saber qué es una derrota. Por eso, aunque suene contradictorio, solo puede ganarse cuando se ha perdido.
Sí: ese ha sido hasta ahora el gol más lindo que yo misma me anoté, para abrirme la oportunidad de seguir adelante sin importar los obstáculos; ahora, sé que soy exitosa ante cualquier reto que me proponga, o que me aparezca. Siempre llevo una meta en la cabeza y un objetivo en el corazón. Soy apasionada por lo que hago, pongo la disciplina necesaria para conseguirlo. Mi rodilla derecha, en este momento, es más fuerte que mi rodilla izquierda, y está lista para anotar más goles en los campeonatos de la vida.
Un gran sueño
Ahora, tengo un sueño más grande: subir a la cumbre del Everest, la elevación física más alta del mundo. Para muchas personas, lograr este propósito es uno de los más grandes ideales, a pesar de que es una “loca” idea, según el comentario de ciertos incrédulos. Cuando vivimos en Colombia a casi 16,000 km en línea recta hasta Nepal, esta idea parece imposible de cumplirse. Pero las circunstancias han empezando a alinearse. Por eso, otra vez, cuando se tiene una meta clara, todo empezará tomar forma.
En el 2015, estuve en una conferencia con Luis Miguel Trujillo, un entrenador organizacional que a sus casi 40 años de edad fue a la región de los Himalayas y alcanzó la cumbre del pico Lobuche (6,119m). Un año después, en otra conferencia, conocí a Nelson Cardona, el primer colombiano discapacitado (sin una pierna) que conquistó la cumbre del Everest. Después de esto, comprobé que alcanzar ese sueño no era cuestión de edad o de tener completo el cuerpo. Había algo más. Entonces, pensé: “Es que ellos son hombres”. Pero, luego, inicié mi propia búsqueda, y, en el 2007, también me enteré de que tres colombianas habían llegado a la cumbre del Everest. Sabiendo esto, tampoco era cuestión de ser hombre o mujer. Era más que eso: era esforzarse hasta donde se necesitara para que los hechos se cumplieran en la forma en que se habían soñado.
Por esto, luego de terminar un postgrado en Gerencia de Innovación Social en La India, tomé un tren y viajé por más de 12 horas al borde de Nepal. Crucé la frontera caminando, con todas mis pertenencias al hombro, para luego subir a otro autobús por 10 horas más y llegar a Katmandú, la capital de Nepal. Todo esto me sirvió, al menos, para poner una vez en mi vida, un pie en la región del Everest y verlo con mis propios ojos. Alguna vez, una persona me habló acerca del efecto contundente que causa la ley de la atracción y de su efectividad con la visualización. Esa persona añadió que esta ley era inclusive más poderosa si uno olía, veía y tocaba con sus manos aquello que uno quisiera obtener.
Así, a finales de agosto tracé mi primer senderismo en los Himalayas, al campamento base Annapurna (4.130 m). Este recorrido fue espectacular. A pesar de que este no es el espacio para narrar la experiencia completa, tuve dos grandes momentos o percepciones. Primero, confirmé mi amor por las montañas, me trasladé a mi infancia cuando jugaba con mis amigos en las montañas de Bogotá. Segundo: conocí a Azim Afif Ishak, un consultor y escalador malayo que con su simple sonrisa abrió otra puerta hacia mi sueño. El falló en sus primeros dos intentos a la cumbre; pero, en el tercer intento, llegó a la tan anhelada cumbre del Everest.
Entonces, ahora qué sigue. Tengo la meta de subir a la cumbre del Everest en el 2020. Y como parte del mapa de ruta, me encaminaré del tres al 19 de diciembre a la expedición del campamento base de Everest (5,364m) y a Island Peak (6,189m). Esta última cuenta con un nivel medio/alto en escalada. Allí, los escaladores que quieren llegar a la cumbre del Everest sin oxígeno cuentan con un campamento base. Adicionalmente, en esta montaña, el año pasado, solo una colombiana logró llegar a la cumbre y por lo recorrido de este año, no hay registro de colombianos. Por esto, quiero ser yo quien pueda obtener este registro.
En este momento, ya me encuentro en preparación, con un adecuado entrenamiento físico y mental, me conecto con mi equipo y recolecto los fondos para este reto.
Se que estoy a la altura de mis retos, que no hay situación que Dios o la vida ponga en mi camino que yo no sea capaz de sobrepasar. La pasión por el deporte, el enfoque para hacer que las cosas sucedan y el coraje de salir de mi zona de confort me permitirán alcanzar cualquier sueño que ponga frente a mi y tengo la certeza de que cualquiera lo puede hacer. Estas a la altura?
Por Maria Camila Ramirez Valderrama
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